Las gotas, que una a una caen, como estas letras en un papel que no existe, que siguen cayendo, y que van a caer todo el día según el servicio meteorológico, forman un cuadro-ventana que ya vi y que me transporta siempre a lo mismo. Ahí aparece un hermoso zombie musical, en una página de internet, y me cambia todo. La imagen y el sonido se compaginan, casi sin querer (¿qué me llevó a buscar esa canción, de ese músico? tal vez me llevé yo mismo) y forman otra cosa, algo que nunca voy a poder decodificar en estas letras que no existen, y que siguen cayendo, una a una.
Si, sé que caigo en facilismos, a+b+c=algo. O algo es igual al todo. Reduccionismo inverso y anverso. Reduccionismo al fin.
La lluvia, internet, jazz, el zombie, las letras sin significado; igual el cuadro.
El orden de los factores no altera el resultado.
El cuadro, la lluvia, jazz, las letras; igual internet.
El jazz, internet, el cuadro; igual las letras. Estas letras.
El resultado no trasciende a sus factores. Es en y por sus factores.
Hago relaciones obvias. Agarro una punta del ovillo que sin querer y queriendo enredé: la música de la lluvia, casi constante, las gotas dejando de ser nubes e inmolándose contra el piso, lluviayuviashuvia. La púa, inevitablemente la púa pasando por el disco original, digitalizando, globalizando una grabación de jazz anterior al año que nació mi abuelo, la púa y el disco; igual lluvia. El sonido constante entre vientos y una batería suave, el sonido elemental, postdiluviano. Gracias Louis y gracias anónimo digitalizador. Y gracias internet, letras (ahí aparecen) en un navegador: Louis Armstrong. Y la primera canción que sale se reproduce y el finado vuelve a la vida y me canta al oído y toca una melodía en su trompeta, esa pequeña maquina que transforma un soplido en viento, en música, como la que suena de fondo cuando termina la canción.
Tardo unos segundos, pero reacciono. Ella está parada en la cuadra de enfrente, esperando el semáforo para cruzar a la cuadra donde yo estoy parado esperando la luz verde. Nos separan unas nueve lineas blancas pintadas en el asfalto, que esta noche de lluvia brillan por el agua y las luces de la ciudad. Antes que ella me vea mirándola, fijo mis ojos en el suelo en un movimiento casi instantáneo, instintivo. Me veo la cara de entre sorprendido/sonriente/asustado en el espejo de agua en el asfalto. 'Que boludo' pienso, me pienso. La veo otra vez, un hombre me empuja el hombro con su hombro. Comienzo a caminar despacio con ese impulso involuntario y busco su mirada con la mía. Justo antes de la mitad de la calle quedamos enfrentados, los ojos y las bocas sonríen, los dedos se buscan, se encuentran, se sienten el calor de las manos guardadas en los bolsillos, los labios se atraen como imanes con distinta polaridad y que ninguna lluvia des-magnetizan. 'Tal vez la lluvia nos hace encontrar', le digo. Me queda mirando y sonríe. 'Tal vez podemos ir a la vereda antes que nos pise un auto', dice, mientras siento el impulso de su cuerpo en mi mano y muevo los pies de vuelta al cordón donde hace un rato estaba parado, mirándola.