jueves, 29 de octubre de 2015

29+10+15

Las gotas, que una a una caen, como estas letras en un papel que no existe, que siguen cayendo, y que van a caer todo el día según el servicio meteorológico, forman un cuadro-ventana que ya vi y que me transporta siempre a lo mismo. Ahí aparece un hermoso zombie musical, en una página de internet, y me cambia todo. La imagen y el sonido se compaginan, casi sin querer (¿qué me llevó a buscar esa canción, de ese músico? tal vez me llevé yo mismo) y forman otra cosa, algo que nunca voy a poder decodificar en estas letras que no existen, y que siguen cayendo, una a una.
Si, sé que caigo en facilismos, a+b+c=algo. O algo es igual al todo. Reduccionismo inverso y anverso. Reduccionismo al fin.
La lluvia, internet, jazz, el zombie, las letras sin significado; igual el cuadro.
El orden de los factores no altera el resultado.
El cuadro, la lluvia, jazz, las letras; igual internet.
El jazz, internet, el cuadro; igual las letras. Estas letras.
El resultado no trasciende a sus factores. Es en y por sus factores.
Hago relaciones obvias. Agarro una punta del ovillo que sin querer y queriendo enredé: la música de la lluvia, casi constante, las gotas dejando de ser nubes e inmolándose contra el piso, lluviayuviashuvia. La púa, inevitablemente la púa pasando por el disco original, digitalizando, globalizando una grabación de jazz anterior al año que nació mi abuelo, la púa y el disco; igual lluvia. El sonido constante entre vientos y una batería suave, el sonido elemental, postdiluviano. Gracias Louis y gracias anónimo digitalizador. Y gracias internet, letras (ahí aparecen) en un navegador: Louis Armstrong. Y la primera canción que sale se reproduce y el finado vuelve a la vida y me canta al oído y toca una melodía en su trompeta, esa pequeña maquina que transforma un soplido en viento, en música, como la que suena de fondo cuando termina la canción.

lunes, 6 de abril de 2015

Encuentro en una noche de lluvia

Tardo unos segundos, pero reacciono. Ella está parada en la cuadra de enfrente, esperando el semáforo para cruzar a la cuadra donde yo estoy parado esperando la luz verde. Nos separan unas nueve lineas blancas pintadas en el asfalto, que esta noche de lluvia brillan por el agua y las luces de la ciudad. Antes que ella me vea mirándola, fijo mis ojos en el suelo en un movimiento casi instantáneo, instintivo. Me veo la cara de entre sorprendido/sonriente/asustado en el espejo de agua en el asfalto. 'Que boludo' pienso, me pienso. La veo otra vez, un hombre me empuja el hombro con su hombro. Comienzo a caminar despacio con ese impulso involuntario y busco su mirada con la mía. Justo antes de la mitad de la calle quedamos enfrentados, los ojos y las bocas sonríen, los dedos se buscan, se encuentran, se sienten el calor de las manos guardadas en los bolsillos, los labios se atraen como imanes con distinta polaridad y que ninguna lluvia des-magnetizan. 'Tal vez la lluvia nos hace encontrar', le digo. Me queda mirando y sonríe. 'Tal vez  podemos ir a la vereda antes que nos pise un auto', dice, mientras siento el impulso de su cuerpo en mi mano y muevo los pies de vuelta al cordón donde hace un rato estaba parado, mirándola.